Día a día. "Imihla ngemihla" (Serafín Suárez)

 “Día a día” (Imihla ngemihla)


Acabo de llegar a la misión. Después de una refrescante ducha estoy otra vez como nuevo. Han sido 140 Km de carretera la ida, en su mayoría por pista de tierra lo que supone de dos a tres horas dependiendo del estado de la meteorología y del camino, aparte de la vuelta. Esta es la distancia al hospital más cercano, Saint Luke's, llevado por los Oblatos desde 1951. Sus médicos y la escuela de enfermeras hacen una labor extraordinaria en la zona, salvando una a una las vidas de nuestra gente.

Era casi mediodía cuando una de las dos enfermeras que viven en la pequeña clínica de Dandanda se acercó a la Misión preguntando por uno de nosotros. Una niña había sido traída en carro a la clínica procedente de una de las zonas cercanas. Estaba despierta pero inconsciente, como ida. Su diagnóstico era evidente: malaria cerebral, la más temida manifestación de la enfermedad. El virus llamado plasmodium entra en la sangre a través de la picadura del mosquito Anopheles destruyendo los glóbulos rojos que llevan el oxígeno. Como consecuencia millones de células mueren y el cuerpo se debilita enormemente. El virus puede infectar los capilares del cerebro destruyendo las células y es entonces cuando uno entra en coma debatiéndose entre la vida y la muerte. Los pulmones se resienten tratando de mantener la respiración y el corazón apenas da abasto para bombear sangre oxigenada a todo el organismo.

Inmediatamente salí para la clínica que dista sólo unos 300 metros de la Misión. La madre de la niña estaba llorando. La pequeña había sido tratada inmediatamente con una vacuna caducada pero se requerían otros cuidados y medicinas. El suero de goteo también se había acabado. Era necesario actuar con rapidez. Por suerte era un día espléndido y la carretera estaba en buenas condiciones. El coche de la misión hizo el resto deslizándose ágilmente por la carretera de grava dejando atrás bosques, ríos, puentes, ganados... a una velocidad inusitada. Ya en el hospital una doctora le inyectó de nuevo quinina, el goteo y le puso un tratamiento. Al cabo de unas horas, la niña fuera ya de peligro salió del coma. Y es entonces cuando uno siente con cierto orgullo el haber colaborado a salvar una vida humana aunque no sea ésta la razón principal por la que estamos aquí. El pequeño y unido esfuerzo de unos pocos ha hecho posible que la vida floreciera de nuevo para esta niña. Mientras tanto pienso cuantos otros niños mueren aquí porque no tienen esta misma suerte, o en el joven de 20 años que murió la semana pasada dentro del coche de la misión camino del hospital en brazos de su padre.

La vida en África es muy dura pero no por ello deja de tener un gran valor. Es el gran Don del Creador. Incluso a pesar de la hambruna que están pasando estos meses, ni ellos ni yo diríamos jamás lo que en otras partes alguna vez he escuchado decir de ellos: “mejor no vivir que malvivir”. Con una esperanza media de vida de 34-36 años Zimbabue se ha situado a la cola del mundo. Con la mayoría de los Zimbabuanos muriendo a los treinta y tantos, la muerte tiene ahora al menos una silla en cada mesa. Contra viento y marea, de uno y mil modos se resisten a ese “tú también tienes que morir”. Citando a un gran conocedor y amante de este país, Peter Godwin,: “los africanos no ven la muerte desde el auditorio de la vida como un espectador sino desde el borde del tablado”.

“Una niña de seis años y medio, preciosa, de ojos grandes, semidesnuda, en mis brazos y entrando aprisa por la puerta del hospital”. La estoy viendo de nuevo pero ahora fuera ya de peligro, feliz en su casa de Makurubusi. Aún no te he revelado su nombre. Quizás sea una coincidencia. Se llama”Mihla” que en su lengua significa “los días” o quizá más acertado aún “la vida que nos florece día a día”.

Serafín Suárez

Misionero en Zimbabue